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En una pequeña granja en el norte de Italia una mujer está en una misión imposible – salvar a los cerdos de la nación de convertirse en salami.

Cuando Federica Trivelli entra en una de sus cuatro pocilgas, los animales se precipitan sobre ella, gruñendo con placer. Ella dice que incluso si alguien le vendara los ojos ella sabría cuál de los cerdos de La Piccola Fattoria degli Animali o La Pequeña Granja Animal – está “hablándole”.

“Cada uno tiene su propia voz. Algunos hacen un ruido profundo, algunos hacen una especie de silbido,” dice ella. “Uno de los cerdos hace un ruido que suena como una especie de trompeta”.

Un pequeño cochinillo tiene el apodo de “pequeña caldera” por su incesante jadeo y resople. Tiene cicatrices en el cuello de las lesiones que sufrió en su casa anterior. De hecho, La Pequeña Granja Animal de Trivelli, en la región de Piamonte en el norte de Italia conocida por los picos nevados de los Alpes, no es una granja en absoluto, sino un santuario para cerdos maltratados.

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Trivelli vacía copos de cereales, mezclados con agua en sus cuencos y la ruidosa pocilga se vuelve más tranquila mientras los cerdos comen silenciosamente.

“Puedo recibir una llamada en cualquier momento del día o de la noche”, dice. “Estoy lista 24/7, constantemente hablo con la policía, con la guardia forestal, con organizaciones ambientales. Me llaman y dicen: “Tengo algunos cerdos para ti, ¿a cuántos puedes ayudar?”

En el momento tiene 20 cerdos, que reunió en cuatro rebaños de acuerdo al tamaño. En inicio tuvo un cerdo vietnamita que llamó Bombi, que llegó el día en que cumplía 36 años en 2009. Ya activista animal, Trivelli había estado visitando granjas y mataderos durante casi 20 años, pero esta era la primera vez que se había sentido impulsada a tomar un animal bajo su cuidado.

“Él vivía con personas muy desagradables”, recuerda Trivelli, quien agregó que ella y sus amigos activistas lucharon inicialmente para ver cómo podían ayudar al animal. “No queríamos comprarlo, no queríamos dar dinero a esos repugnantes agricultores, así que hicimos un trueque con ellos y cambiamos al cerdo por algunos equipos de gimnasio – y acordamos volver y pintar algunos de sus galpones.”

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Ella recibe en su granja cerdos de todo el país. Uno de los cerditos fue encontrado desechado en una bolsa de plástico en Palermo, Sicilia. Trivelli hizo una llamada para pedir ayuda a una lista de correo de defensores animales, y los voluntarios lo transportaron por todo el país, hasta su granja.

Trivelli lo nombró Espartaco, en honor al esclavo que lideró un alzamiento contra la República romana, como significado de la revolución de la comida que ella tiene la  esperanza de comenzar – su sueño sería un mundo en el que nadie comiese carne, y ciertamente no carne de cerdo.

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En su sitio de Facebook, Trivelli relata su viaje como una campaña heroica a través de Italia. “La multitud aclama la llegada de Espartaco y, una vez más, el gladiador gana!” escribe sobre el paso del cerdo por la capital. “Roma es liberada de la esclavitud y la ciudad celebra el triunfo de la libertad, en honor a todos los hermanos caídos en batalla y los que se ven obligados a vivir aún en cadenas.”

Otro cerdo, ahora un enorme ejemplar llamado Yoda, solo pesaba 10 kg (22 libras) cuando llegó a su cuidado, después de haber sido dejado en la parte posterior de un camión en una estación de servicios de la autopista.

Otros de los cerdos que cuida se habían mantenido hasta el momento de su rescate en cadenas, incapaces de moverse. Algunos habían sido alimentados con comida en mal estado – incluso hasta con restos de perros de las granjas donde habitaban. “Es como una película de David Lynch, una película de terror”, dice Trivelli. “A veces me gustaría dar una paliza a los granjeros y carniceros, pero no serviría de nada. He aprendido a usar la diplomacia y sonreírles.”

Con demasiada frecuencia, en su experiencia, el bienestar de los cerdos de Italia no cumple con la ilustre reputación de sus jamones y embutidos. En 2013, el grupo de campaña Compassion in World Farming visitó 11 granjas de cerdos, y encontró que ninguno de ellas garantizaba las directivas de la UE en materia del bienestar de los animales.

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Ellos documentaron cerdos que vivían sobre sus propios excrementos hacinados en galpones sombríos. Casi todos tenían las colas cortadas – una práctica prohibida por la legislación europea desde el 2003 – porque los cerdos en condiciones de hacinamiento, sin paja u otras distracciones, comienzan a masticárselas.

Los jamones especiales por los que Italia es famosa se hacen de cerdos que ya han alcanzado la madurez sexual y por lo tanto deben ser castrados para evitar que la carne tenga un sabor no deseado – un procedimiento que generalmente se realiza sin anestesia.

El Ministerio de Salud de Italia – que supervisa normas de la agricultura – ha señalado que la investigación de Compassion in World Farming fue limitada a sólo 11 granjas.

En 2013, el propio Ministerio inspeccionó cerca de 2.000 granjas de cerdos y encontró que la mayoría cumplía con las directrices de la UE, aunque señaló que el 38% no lo hacía.

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Trivelli – vegetariana por casi 30 años – dice que le gustaría ver a todos los cerdos del país pasar de granjas a santuarios como el que ella maneja.

“Si yo fuera multimillonaria me los llevaría a todos”, dice.

En un país donde el calendario rural aún comienza con la matanza anual de cerdos – un festival de invierno de derramamiento de sangre y cocina de salchichas – esto no es un punto de vista general.

Los animales de Trivelli mueren de muertes naturales, ya diferencia de los cerdos de granja, llegan a su tamaño máximo. Uno de los más grandes es un jabalí con marcas de tinta azul en la piel. Ya con casi cinco años de edad, Billo pesa entre 350 y 400 kg, y es el Jefe Cerdo en La Pequeña Granja Animal.

“A pesar de ser líder, es muy equilibrado y no es violento”, dice Trivelli. “Si alguien hace algo que no le gusta, si alguien trata de comer de su plato, por ejemplo, simplemente se le queda mirando y es suficiente.”

Ella no duda en abrazar y besar a los animales, y los trata en todos los sentidos como mascotas. Son mucho más inteligentes, dice, que sus siete gatos y seis perros. Los cerdos aprenden rápidamente sus nombres y frases como “entra”, y mueven sus labios para pedir agua. Un cerdito aprendió a ir al baño en tan sólo una semana, golpeando su hocico contra la puerta de metal cuando sentía que era hora de ir.

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En cuanto a la inteligencia emocional, Trivelli dijo que los cerdos saben cuando ella se siente mal, y bajan el tono de sus oinks.

Cada manada en la granja tiene su gran pocilga propia, y cada mañana los rebaños se turnan para ir a un parche central de barro conocido como la “la zona de lanzar” para correr, revolcarse y cavar grandes hoyos en el lodo, mientras Trivelli y ayudantes voluntarios cambian su heno y su agua. Trivelli pasa de cinco a seis horas cada mañana haciendo esto, antes de ir a su trabajo a tiempo parcial como secretaria de arquitectos. Cada fin de semana, y cada centavo de sus ingresos, se da a los cerdos.

“Nunca voy a restaurantes, nunca compro ropa o carteras de diseño”, comenta. “No me voy de vacaciones y no me molesta no tener un corte de cabello a la moda. Si tengo que comprar algo voy al mercado y compro lo más barato que pueda. Todos mis ahorros son para los cerdos.”

“Es casi como una vocación. Hay personas que están interesadas ​​en ayudar a los niños, a las personas mayores, o a las personas en los países en desarrollo. Tengo una verdadera pasión por los animales. Mi ambición en la vida es salvar a los cerdos.”

Artículo original: BBC News